2.5. La resistencia y la alternativa desde lo colectivo
2.5.2. ¿A qué llamamos resistencia?
En un breve relato de Herman Melville, titulado Bartleby, el Escribiente (Melville, 2012), encontramos un ejemplo clásico sobre la conceptualización de la resistencia muy cercano al sentido común, pero que expresa el poder de transformación de la resistencia.
Bartleby, protagonista del relato, es un nuevo trabajador en unas oficinas de Nueva York. Si bien desarrolla su trabajo con normalidad y eficiencia, a cada petición de su jefe siempre responde con un «preferiría no hacerlo», llegando al punto de ser despedido y continuar con la misma respuesta como contestación, lo que obliga al jefe a trasladar las oficinas a otro edificio y que permanezca Bartleby en el mismo lugar.
De las múltiples interpretaciones sobre este relato, una de ellas nos exhibe la primera definición sobre la resistencia: la resistencia como la oposición frontal, firme y constante frente a una persona, institución o situación de poder.
Un elemento central a la resistencia es el de producir un contraefecto a aquel que la posición de dominio está provocando, como los mandatos del jefe de Bartleby, que le llevan hasta el punto de trasladar sus oficinas. De esta resistencia, emerge una transformación de las condiciones, circunstancias y contextos iniciales donde existía una situación de poder.
La resistencia entendida como confrontación puede adoptar diversas formas, discursos y prácticas, en función del colectivo que la realice, el momento sociohistórico y el acontecimiento al que se resiste. Así mismo, la resistencia puede prolongarse en el tiempo o tener una duración muy concreta; igual que su impacto puede ser muy limitado o cambiar todo un país. Algunas resistencias muy conocidas pueden ser violentas o traumáticas, como la del monje budista que se autoinmoló como forma de protesta frente al presidente Dihn Diem en 1963, hasta otras muy pacíficas como las resistencias indígenas alrededor del mundo, como en América y Asia, para proteger su cultura y la tierra o la Marcha de la Sal -de más de 300km de recorrido- encabezada por Gandhi en 1930 para protestar por el monopolio en la extracción de sal por parte de Gran Bretaña, pasando por todo tipo de acciones locales y cotidianas en todo tipo de organizaciones como modo de microrresistencias frente a la precarización, la injusticia o la desigualdad (Ramírez-Casas del Valle et al., 2022).
Este texto de Fernández-Savater puede servir para reflexionar y complementar lo visto sobre lo colectivo y la resistencia: La organización contra lo organizado.
La resistencia en Foucault
Michel Foucault entiende la resistencia como una condición inherente a las relaciones de poder. Una relación de poder implica que hay al menos dos nodos o partes en esta relación (dos personas, dos grupos, una institución y un colectivo, etc.). Esta relación de poder estaría atravesada por unas condiciones históricas, políticas, económicas, sociales y culturales, y que, como resultado, provoca un efecto en todas las partes: una posición de prioridad frente a otra de postergación, un lugar de dominación frente a otro de subyugación, una condición de privilegio y otra de desventaja, etc.
Una de las citas más célebres de Foucault define la resistencia precisamente y dice: «donde hay poder hay resistencia, y no obstante (o mejor: por lo mismo), esta nunca está en posición de exterioridad respecto del poder» (Foucault, 2014, p.116). Con esa frase, lo que el autor francés describe es que, en el poder, al tratarse de una relación, siempre existen puntos y posibilidades de transformar o modificar el efecto de postergación, subyugación o desventaja que emerge de aquella relación. Esto es, el colectivo en desventaja siempre está vinculado con el actor privilegiado mediante la relación de poder y, por tanto, siempre existiría la posibilidad de modificar o transformar esa relación, esto es, resistir (sin convenir en que sea un proceso sencillo, rápido ni agradable). Para analizar fenómenos de resistencia, entonces, debemos atender a las prácticas cotidianas y locales de las personas y los colectivos, y no a las estructuras macrosociales o a las instituciones en abstracto. Es ahí donde encontraremos las prácticas y acciones de resistencia.
Un ejemplo sencillo es el de la relación entre un profesor o profesora y su grupo de estudiantes. Qué duda cabe de que el docente está en una posición de poder frente a sus estudiantes: los evalúa, los guía, es el líder del aula, produce efectos en los y las estudiantes, les permite llevar a cabo (o no) ciertos comportamientos, etc. Foucault dirá que el profesor o la profesora no tiene poder sobre los y las estudiantes, sino que existe una relación de poder entre docente y estudiantes. ¿Cómo resistir? De una manera muy simple, Foucault dice que bastaría con que un grupo de estudiantes y sus familias se posicionaran frente a un docente, como ocurrió cuando un profesor de la Comunidad de Madrid distribuyó un material didáctico LGTBIQfóbico y fue apartado del instituto tras varias quejas. En ese momento, se transformó la relación que los vinculaba, y, por tanto, el docente dejó de estar en una posición de poder. Como podemos intuir, la articulación de las personas, la coordinación de las acciones y la vinculación entre ellas son elementos centrales para llevar a cabo las acciones o prácticas de resistencia.
La resistencia y lo colectivo en Rossi Braidotti y Donna Haraway
Pero ¿cómo hacer que no vuelva a reproducirse la relación de poder? ¿Qué pasa con el dolor, los afectos y las condiciones de opresión que el colectivo en desventaja padece en esa relación de poder? ¿Acaso no existen otras concepciones sobre la resistencia que consideren una lógica que no sea masculina, beligerante y violenta? Y, sobre todo, ¿qué pasa inmediatamente después del acto de resistencia?
Este tipo de preguntas son las que se han hecho autoras como Rossi Braidotti y Donna Haraway. Si bien el trabajo académico de ambas autoras abarca diferentes aspectos sociales, filosóficos y éticos muy interesantes y relevantes, nos centraremos en los que tienen que ver con proponer otra acepción sobre la resistencia, la transformación social y lo colectivo.
En este sentido, para Braidotti (2020), es necesario replantearnos qué entendemos por lo colectivo, así como las relaciones entre los elementos que componen este concepto. Así, la autora nos dirá que, para afrontar cualquier tipo de injusticia, tensión o problemática, debemos replantearnos la acción colectiva y partir del hecho de que «estamos-(todos)-metidos-en-esto-juntos-pero-no-somos-uno-y-lo-mismo».
Algo similar será lo que plantea Haraway (2019) cuando analiza los motivos que han llevado a la humanidad a un punto insostenible si seguimos así en pocos años: en lo económico, bajo la lógica capitalista y la desigualdad creada; en lo ecológico, con la desaparición de especies, la deforestación o el cambio climático; o en lo tecnológico, con la posibilidad de destruir nuestro propio planeta con un arma nuclear en cuestión de segundos.
Para transformar esta realidad desde lo colectivo, es necesario que creemos otro vínculo para y con los demás. Un vínculo ya no basado en conceptos que todos conocemos como la responsabilidad, sino en la respons-habilidad (del inglés, response-ability, haciendo un juego de palabras con el término responsibility), esto es, la capacidad de que como colectivo tengamos la responsabilidad y habilidad de dar respuesta a nuestros actos y proponer soluciones eficaces que no causen más daños o sufrimiento. Esta «respons-habilidad» se convierte en un deber para todo el colectivo, que aprende y escucha para lograr el cambio o la transformación social.
Estas redefiniciones de lo colectivo asumen que es imposible no pensar en el otro que nos rodea para llevar a cabo cualquier acción. Pero ese otro no está conformado solamente por nuestros conocidos, familia o personas con las que compartimos una identidad o una posición ideológica. Junto a estos, los ríos y océanos como fuente de agua y hogar de animales, las plantas como base de un ecosistema, los animales como seres sintientes o la tecnología como elemento indispensable de la sociedad actual son actores que, en conjunto, componemos un nuevo sujeto social de manera indisociable. Y por mucho que queramos pensar que no formamos un todo interconectado con el resto del planeta, acontecimientos como la emergencia climática o la COVID-19 nos han demostrado que la única forma de salir adelante es tomándonos en consideración como un sujeto colectivo (más-que-humano). Un sujeto que, desde las circunstancias particulares de cada elemento que lo componen (por ejemplo: la opresión histórica hacia las mujeres, el estado contaminado de la atmósfera, las posibilidades y los riesgos de las nuevas tecnologías, las injusticias que se producen en muchos países hacia las personas racializadas o con discapacidad), al coordinarse y actuar tomando en consideración las necesidades y la trayectoria del resto de integrantes, es capaz de desarrollar una fuerza transformadora más respetuosa y justa para todo el colectivo.
Las conclusiones de este tipo de propuestas –si bien entre ellas guardan profundas diferencias– para entender la resistencia son esencialmente dos:
- Los elementos que tradicionalmente hemos concebido como aquellos que podemos explotar, conquistar y dominar, tales como la tecnología, los animales y, en general, todos los elementos no humanos del planeta, son los mismos que bajo el nuevo sujeto colectivo pueden enseñarnos cómo sobrevivir como especie, cómo habitar un planeta contaminado y mermado por nuestras propias acciones o cómo vivir en una sociedad más justa para todos y todas.
- La resistencia no se concibe como un acto puntual o que, llegado a cierto momento, explota y condensa todas las acciones anteriores, gatillando una transformación social. La resistencia parte ante todo de un proceso de escucha y de sensibilidad a las circunstancias del resto de elementos del colectivo que no termina nunca. Un proceso en el que humanos, seres vivos y seres inertes convivimos de manera simbiótica y, por tanto, en el que las acciones sobre algunos de ellos afectan a todo el colectivo. Así, la potencia transformadora de todo el colectivo es mucho mayor que en la consideración exclusiva del elemento humano.
Precariedad y acción colectiva desde las plataformas digitales
Este artículo de Karol Morales-Muñoz y Beltrán Roca es un ejemplo de resistencia desde y a partir de las plataformas digitales: Morales-Muñoz, K., y Roca, B. (2022). The spatiality of collective action and organization among platform workers in Spain and Chile. Environment and Planning A: Economy and Space.