1.1. ¿Por qué estudiar los grupos?
1.1.1. Introducción
Una de las aportaciones más relevantes en el ámbito de las ciencias humanas y sociales a partir de su constitución en el siglo XVIII y XIX fue la aparición de la noción de individuo, de ser humano singular y que es merecedor de derechos y obligaciones particulares. Al menos es lo ocurrido en el orbe de lo que se ha llamado mundo occidental. No quiere decir que en los siglos previos no existiera la idea de la singularidad de cada persona, pero resulta asombroso constatar que cada sujeto era considerado como una parte constitutiva de una colectividad más o menos borrosa a la que se sujetaba personalmente. Así, las ideas de dependencia de los designios divinos o del linaje concreto eran las que definían la humanidad concreta de cada ser humano.
Cuando se cree que los designios divinos o de la propia naturaleza entendida como un entorno exterior ya no definen la singularidad humana, se construye un nuevo sujeto histórico que se hace llamar ser humano, individuo, persona, sujeto concreto. Y por lo tanto la respuesta social ante esa nueva consideración de cada singularidad fue construir derechos y obligaciones personales por el simple hecho de nacer y estar vivos. Se elaboran detalladas cartas de derechos humanos universales. A manera de ejemplo fundacional tenemos la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada a partir de la Revolución Francesa, de 1789-1799, por parte de la Asamblea Nacional Constituyente en agosto de 1789. Años después, en 1791, se aprueba una Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana propuesta por la escritora francesa Olympe de Gouges para incluir a todo el mundo en esa nueva forma de considerar al individuo en sociedad. Por último, en 1948 se aprueba la Declaración Universal de los Derechos Humanos por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Más allá de este resumen apretado de los trazos legales que dieron origen a la idea de ciudadanía singular, lo que queremos resaltar es que la idea de ser humano particular no existía en el imaginario social ni en el entorno legal. Así, cuando se piensa en el individuo como una entidad concreta, se da pie a la consideración de lo social como el entorno más amplio y contextual en donde opera este individuo singular. Nacen las ciencias sociales y humanas como una manera de explicar científicamente este nuevo orden social e histórico. Recortado ese sujeto en un determinado telón de fondo, no es extraño que una de las primeras incógnitas fuera el preguntarse cómo es posible que un número amplio de individuos se aglutinen, reúnan, deliberen y se pongan de acuerdo para conseguir algunas transformaciones sociales de gran calado como son las revoluciones -la francesa, la norteamericana, la mexicana, la rusa, etc., todas ellas ocurridas en el período efervescente que va de finales del siglo XVIII en los albores del siglo XX (para documentar esta genealogía puede consultarse con provecho el libro de Foucault, Las palabras y las cosas, publicado originalmente en 1966).
Aparecen en ese caldo de cultivo intelectual las definiciones de individuo, grupo, masa, colectivo, multitud, que son los conceptos que aquí pondremos en consideración para estudiar la idea de grupos y de sus diferentes formas de constitución y operación social.
Así, la pregunta acerca de por qué estudiar los grupos se inscribe en una tradición científica que tiene como punto de partida las coordenadas que hemos señalado arriba. Además, la afirmación de que nuestra vida cotidiana se mueve entre diferentes grupos a los que pertenecemos, deja de ser una obviedad y se convierte en terreno fértil para la reflexión. Es evidente que nuestra vida diaria se mueve entre los diversos grupos a los que nos inscribimos como personas: grupos escolares, de trabajo, de aficiones, de interés, de colaboración, de vínculos familiares, de relaciones afectivas, de filiación política. Por lo tanto, es imposible no pertenecer a algún grupo, del tipo que sea, aún en los casos en que nos afirmáramos como fuera del sistema o antisistema, de outsiders, de apátridas, de ácratas o cualquier otra definición identitaria porque, paradójicamente, al definirnos ya entramos a formar parte de un grupo que reúne a personas que comparten idearios comunes o parecidos.
En resumen, la idea de grupo es potente conceptualmente porque nos permite entender cómo operamos socialmente, cómo nos vinculamos entre individuos y de qué manera elaboramos estrategias de acción colectiva que brinden resultados en el sentido en que nos planteamos la vida en sociedad. No olvidemos que la desvinculación con los demás, en el tipo de grupos que sean, va generando una sensación de soledad y de aislamiento que amenaza con convertirse en un grave problema social. El encierro por la pandemia de la COVID-19 nos ha mostrado que las dinámicas de la vida social se vieron alteradas por la falta de interacción directa, personal, de contacto, ha removido en muchas personas la falta de entornos grupales, de afiliación a grupos. Es evidente que analizar los grupos y sus dinámicas se vuelve una de las tareas más interesantes y urgentes.