4.2. La institucionalización como cambio del modelo organizativo
4.2.3. La profesionalización
La formalización genera la necesidad de contar con personas profesionales, capaces de llevar a cabo los objetivos y las gestiones diarias de la organización (Buechler, 2016). Así, se hace necesario que la militancia recurra a rutinas establecidas y familiares, repetitivas y autónomas más compatibles con estructuras formalizadas. De esta manera, sus comportamientos se vuelven predecibles (Natalucci, 2012).
Por ejemplo, tanto en la asociación Gais Positius (un centro de hombres gais y bisexuales con VIH que trabaja para dar respuesta al VIH y el sida) como en la ONG BCN Checkpoint (un centro comunitario de detección del VIH y otras infecciones de transmisión sexual dirigida a hombres gais y otros hombres que tienen sexo con hombres y mujeres transexuales), disponen de personas con conocimiento especializado y suficiente capacidad organizativa para cumplir sus objetivos.
En ocasiones, la profesionalización se confunde con la salarización (Coll-Planas y Cruells, 2017). Es decir, cuando no hay personas voluntarias, o bien cuando estas se convierten en personal remunerado (Christiansen, 2009) gracias, en parte, a la recepción de fondos públicos. La gestión de estos fondos públicos requiere de un conocimiento técnico, una eficacia organizacional y una profesionalización que ha de ser remunerada (Morgan, 2007). De esta manera, la persona voluntaria tiene la oportunidad de desarrollarse profesionalmente gracias a la demanda de trabajo cualificado en el tercer sector (Buechler, 2016). No obstante, los fondos recibidos no siempre son suficientes para contar con personal asalariado, por lo que hay que destacar la presencia de personal voluntario y activistas, implicados en el asociacionismo (López y Hincapié, 2015), aunque la presencia de voluntariado y de personas sin titulación académica acabe cuestionando la necesidad de un conocimiento técnico y de una remuneración.