3.4. Elementos adicionales para la investigación en movimientos sociales
3.4.6. Lo afectivo en los movimientos sociales
Algunas de las teorías sobre los movimientos sociales han intentado mostrar y reforzar el análisis de la acción colectiva, en tanto que protagonizada por actores racionales. Estos marcos analíticos, como se ha ido exponiendo, han sido clave para la superación de interpretaciones previas del comportamiento colectivo, entendidas únicamente como producto de masas amorfas y arrastradas por inclinaciones irracionales, en la línea de lo que planteaban autores como Le Bon y Ortega y Gasset, tal y como hemos visto en el apartado «1.2. La era de las multitudes».
«En la primera mitad del siglo pasado, las emociones estaban en el centro de estudios de acción colectiva. La acción colectiva era vista como una respuesta irracional al descontento y las emociones se equiparaban con la irracionalidad. Como reacción a estos enfoques, los análisis académicos dominantes sobre la participación en la acción colectiva cambiaron hacia explicaciones racionalistas, estructurales y organizacionales».
No obstante, la dimensión racional no anula necesariamente la afectiva o emocional, como ya vimos en el análisis de las dinámicas grupales y asamblearias («1.3.5. Cuerpos, afectos y subjetividades»); un razonamiento aplicable también al análisis de los movimientos sociales en un sentido más amplio. En esta línea, podemos destacar la perspectiva culturalista, impulsada por Jeff Goodwin y James Jasper (1999). Como una crítica a la teoría de las oportunidades políticas, defiende que los miembros de un movimiento social no escogen las formas de confrontación únicamente por el pragmatismo racional, sino que las emociones juegan un papel clave en priorizar unas formas de confrontación frente a otras. Solo de este modo podemos explicar la existencia de confrontaciones en contextos de dudosa probabilidad de éxito o la persistencia en la actualidad de formas de confrontación directas y episódicas. Se entiende así que el análisis racional y la elección emocional configuran una cultura en cada movimiento.
Un ejemplo serían las manifestaciones por la muerte de Nahel Merzouk, un joven de 17 años del extrarradio parisino de ascendencia marroquí y argelina, fallecido a causa de un disparo de la policía francesa. Tras la difusión del vídeo de la muerte de Nahel en el municipio de Nanterre, se sucedieron protestas durante junio y julio de 2023, con concentraciones e incluso la toma de comisarías de policía y otros edificios de la Administración pública. En este tipo de acontecimientos, la necesidad de manifestar la propia indignación puede ser un motivo más que suficiente para alentar a la confrontación, sin perjuicio de que posterior o paralelamente se gesten otras prácticas de confrontación que correspondan más a un repertorio de confrontación nuevo.
La ira y la indignación, por ejemplo, son consideradas emociones básicas que funcionan como motor para la movilización, pues construyen el marco de motivación. Las y los activistas se esfuerzan en canalizar y crear indignación e ira moral a partir del cual crear el campo de identidad de los antagonistas. Además, los movimientos sociales pueden convertirse en espacios en los que poner en común determinadas emociones y llegar a transformarlas, como señalábamos también en la sección «3.4.2. Los marcos de la acción colectiva y los campos de identidad»:
«la gente pude sentirse desconcertada por algunos aspectos de la realidad y trata de entender lo que está pasando. Pueden buscar a otras personas con experiencias similares y un movimiento social puede proporcionar un entorno para intercambiar experiencias, contar sus historias y expresar sus sentimientos».
Asimismo, es evidente que la activación de los componentes emocionales ha sido una herramienta para fortalecer tanto la solidaridad interna como la adhesión externa al movimiento y, en definitiva, para favorecer la sostenibilidad a largo plazo de un movimiento. Por ejemplo, Ane Larrinaga (2018) señala cómo las emociones son un factor motivador de la acción colectiva, dado que poseen un fuerte impacto en la construcción de la cohesión interna de los grupos movilizados y nutre de energía a la acción colectiva del movimiento, proporcionándole adhesión social y ayudando a su sostenibilidad en el largo plazo. Las personas activistas, por tanto, tratan de reforzar las lealtades de grupo; tratan, por ejemplo, de inspirar orgullo y calmar los temores por los efectos negativos que el uso de la acción colectiva contenciosa pudiera tener sobre ellas.
A modo de ejemplo, podéis visionar el testimonio de una manifestante del 15M responsable de la comisión de limpieza en la Plaza del Sol en Madrid, donde podemos observar el cambio que las emociones llegan a provocar en las personas.
Recapitulando, podemos sintetizar afirmando que la metodología de estudio de los movimientos sociales incrementa su eficacia en la medida en que atiende a lo micropolítico, en la medida en que concentra su atención no tanto en los movimientos sino en las familias o ciclos de movimiento, en la medida en que supera las rigideces academicistas y aprende de los movimientos y, también, finalmente, en la medida que atiende a los afectos que se crean dentro de un movimiento social.