5.2. Investigar desde las instituciones
El recorrido presentado hasta ahora se ha fundamentado en un análisis de los diferentes fenómenos vinculados a lo grupal y lo colectivo desde una posición de carácter fundamentalmente investigativo. Es decir, desde una aparente «distancia» respecto a ese objeto de análisis. No obstante, esto no nos exime de tener que realizar algunas reflexiones de carácter ético-político respecto a los modos de hacer investigación y las posibles consecuencias para los grupos y movimientos analizados.
Siguiendo a Ronaldo Munck (2020), podemos afirmar que, precisamente, el campo de la investigación en movimientos sociales ha dado lugar a amplias reflexiones epistemológicas en torno al posicionamiento que las y los investigadores deberían mostrar o no hacia su objeto de estudio. Así, desde el cuestionamiento del positivismo, han sido habituales los modos de investigación que se sustentan desde un claro compromiso por mejorar y reforzar los objetivos y aspiraciones del movimiento, alejándose de toda pretensión de neutralidad. En este posicionamiento encontramos a investigadores como Alain Tourain, que han defendido la importancia de ser más que testigos del fenómeno, apelando también a la necesidad de confrontarse, involucrarse y promover el autoanálisis.
De la misma manera, corrientes como la de la investigación participativa (con todas sus variantes) defienden que la persona investigadora no puede verse como algo externo al proceso de investigación, por lo que es importante problematizar cuál es la relación que media entre esta y los actores sociales sobre los que desarrolla su análisis. Tratando de subvertir las jerarquías del conocimiento, aspira a producir resultados que incorporen no solo el conocimiento de carácter más académico que aporta el equipo investigador, sino también los saberes que aportan las comunidades, grupos y colectivos sobre los que se realiza la investigación. Por tanto, se invita a la reflexión y el análisis constante sobre cómo la investigación interactúa con las necesidades y conocimientos de estos grupos y hasta qué punto es posible generar dinámicas de coproducción del conocimiento.
En un nivel más claro de compromiso político, podríamos situar la investigación que directamente se autodefine como activista o militante. En este caso, un dilema habitual suele ser si un exceso de identificación o alineamiento con los objetivos del movimiento o grupo que analizamos nos va a dificultar (o no) el análisis de posibles limitaciones o contradicciones que se presentan en estos espacios y sus acciones, afectando así a los resultados de la investigación o a nuestra relación con ese movimiento. La premisa de la reflexividad constante es especialmente relevante cuando queremos llevar a cabo investigación con grupos subalternos (es decir, en una situación de marginalización social y desventaja respecto al acceso a recursos y reconocimiento), si mediante nuestra investigación queremos evitar profundizar las relaciones de desigualdad de partida y crear nuevas dependencias, así como asegurar una conceptualización y traducción adecuada de esas experiencias, entre otras cuestiones. La reflexión sobre las relaciones de poder, por tanto, está en el centro de este modelo de investigación, especialmente sobre la relación entre lo institucional o académico y lo activista.
Como vemos en el siguiente ejemplo extraído de la web de la plataforma Carabalancheando, la investigación militante plantea también sus propios análisis y dilemas:
«las iniciativas de investigación que se han querido militantes, impulsadas por un deseo de transformación o inscritas en redes de autoorganización han sido puntuales, deslabazadas y, ante todo, muy escasas. En la mayoría de los casos, ha existido más bien un deseo general de investigar en personas activas en diversos grupos que, al no encontrar o ser capaces de crear marcos diferentes que sean sostenibles en el tiempo, se ha inscrito en las estructuras institucionales de producción de saber, principalmente académicas. El resultado: una bicefalia muy poco interesante. Por un lado, los grupos producen saberes dispersos que rara vez se intentan sistematizar, ordenar, transmitir y proporcionarles una continuidad: de tanto en tanto se genera un texto y poco más. Por otro lado, aquella gente que tiene la posición institucional para hacerlo (los papeles, el curriculum, los contactos y el saber hacer institucional) pide becas, subvenciones, etc., para realizar investigaciones que no tienen por qué tener ninguna conexión con las dinámicas de autoorganización o, cuando la tienen, suponen una capitalización individual de procesos de investigación y aprendizaje que han sido colectivos: la firma, la distribución de los recursos, el curriculum y el reconocimiento son estrictamente individuales, cuando gran parte de la inspiración, las preguntas, la información y la red de contactos proceden de la cooperación social desplegada en común. La mayoría de las veces, ni siquiera se hace una ‘devolución’, un momento en el que se compartan los resultados de la sistematización del saber que la beca o subvención ha permitido. Una devolución que no solo sienta las bases de la reciprocidad que defendemos, sino que alberga en sí misma la potencia transformadora de los procesos de reflexión compartida».
Es decir, en las relaciones con los marcos institucionales de investigación existe el riesgo de lo que se ha venido a denominar extractivismo académico. Un marco de análisis basado en las lógicas económicas extractivistas y que pensadoras de pueblos indígenas y perspectivas decoloniales han extrapolado para el análisis de las prácticas de apropiación de conocimiento de los modos de saber de base comunitaria de esos pueblos colonizados. Podemos entender así el extractivismo académico como una forma específica de extractivismo epistémico y ontológico que Ramón Grosfoguel (2016) sitúa en los procesos de cosificación propios del colonialismo occidental, capitalista, patriarcal y moderno:
«La cosificación es el proceso de transformar los conocimientos, las formas de existencia humana, las formas de vida no-humana y lo que existe en nuestro entorno ecológico en ‘objetos’ por instrumentalizar, con el propósito de extraerlos y explotarlos para beneficio propio sin importar las consecuencias destructivas que dicha actividad pueda tener sobre otros seres humanos y no-humanos. […] La ciencia moderna tiene sus orígenes en un acto masivo de ‘extractivismo epistemológico’. Una buena porción de los orígenes de las ciencias y filosofías europeas modernas la toman de los científicos y filósofos musulmanes. Pero con la colonización y la consiguiente destrucción de las otras civilizaciones y sus infraestructuras de producción de conocimiento, la ciencia quedó monopolizada en manos de hombres europeos dejando en decadencia epistémica a los otros pueblos. Como consecuencia de la construcción racial moderna que hace del hombre europeo un ser racialmente superior a los demás, se construyeron narrativas acerca de la historia de la ciencia donde se borraron las aportaciones de las civilizaciones no-occidentales de los que bebió occidente para producir ciencia y filosofía generándose así el mito racial moderno de que la ciencia tiene sus orígenes en hombres occidentales».
Desde la teoría feminista también se ha abordado profusamente la epistemología de la investigación. Así, por ejemplo, Donna Haraway hace referencia al concepto de conocimiento situado, para poner el foco en las relaciones de poder que se dan en los procesos de producción de conocimiento y obliga a plantearse, entre otras, preguntas como: ¿quién observa?, ¿desde dónde?, ¿para qué? (Rogowska-Stangret, 2018). Sandra Harding también desarrolló la teoría del punto de vista, donde defiende que los grupos más marginalizados tendrían un lugar epistémico privilegiado. Aunque, posteriormente, autoras como Nira Yuval-Davis han sostenido que estos lugares epistémicos privilegiados no deben estar necesariamente ligados a una identidad o posición social concreta, sino que pueden construirse también desde prácticas sociales compartidas o comunidades epistémicas, cuyos integrantes pueden poseer experiencias diversas (Bowell, 2011). En cualquier caso, podemos afirmar que, en general, la investigación feminista se caracteriza también por un compromiso de transformación basado en: la colaboración, la cocreación, la responsabilidad, la transparencia, la porosidad entre el espacio académico y su exterior y el acceso abierto a los materiales y resultados generados (Vergés et al., 2020).
Por tanto, todas estas corrientes de pensamiento nos invitan a reflexionar sobre nuestra labor de investigación desde posiciones institucionales, ya sean académicas o gubernamentales, pero también desde el interior de los propios movimientos sociales. Señalamos, por tanto, que nuestro posicionamiento difícilmente puede ser neutro, por lo que se hace necesario navegar por diferentes tensiones, dilemas y conflictos a los que tendremos que ir encontrando salidas, idealmente desde la reflexión y la transparencia.