1. Los grupos: sus formas y sus dinámicas sociales

1.3. Facilitación de grupos y dinámicas asamblearias

1.3.5. Cuerpos, afectos y subjetividades

Si bien el uso de la palabra está regulado por los métodos y las técnicas expuestos hasta ahora, también la dimensión corporal y afectiva tiene su papel en los procesos de facilitación de grupos y espacios asamblearios. Estos elementos no solo son importantes para potenciar la cohesión y adhesión de los participantes del grupo, sino que, en última instancia, también pueden contribuir en la transformación de su subjetividad. Tanto en las asambleas del 15M como posteriormente en la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) podemos encontrar ejemplos paradigmáticos sobre todas estas cuestiones.

De esta forma, el cuerpo se convierte en un dispositivo de relación con los otros, que establece una relacionalidad al comunicar las emociones y perspectivas de las personas activistas.

«Creo que la gestualidad tiene una dimensión primera operativa, porque permite recibir feedback de manera rápida y poco ruidosa. Es muy visual. Por tanto, sin necesidad de que 50 personas digan si lo ven bien o no en una imagen de dos segundos tienes un feedback rápido. Tiene elementos muy operativos y ya por eso a mí me parece genial. Pero es cierto que tiene una forma de hacer no oral, y hay gente que tiene facilidad de hablar, otros que no por lo que sea. Trayectorias familiares, trabajo, cultura… potenciar elementos visuales y corporales genera más diversidad de canales. No que simplemente te quedes pasivo. Y para quien no se encuentra tan cómodo en el oral-racional, le das otra vía. Esto da otro impulso a la horizontalidad porque hay gente que no se siente cómoda hablando. Por lo que sea. A lo mejor le cuesta ordenar sus pensamientos en la palabra. Pero hacer un signo de ‘esto lo veo’ o ‘esto no lo veo’ es mucho más fácil y le estás permitiendo que participe. Puede parecer poco, pero es muy importante».

Extracto de entrevista a Álvaro Porro, facilitador de la PAH (Sanmartín, 2019, p. 315)

Este uso del cuerpo como dispositivo de relación se da también en fases previas y posteriores a los propios debates asamblearios en la PAH. Así, se promueven actitudes como los abrazos y el contacto físico de apoyo, especialmente a las personas que llegan por primera vez. En la fase de cierre, es usual la celebración colectiva de triunfos mediante el alzamiento de brazos, los aplausos y la repetición del lema «¡Sí se puede!». Estos aspectos permiten transmitir la sensación de que la PAH es un grupo abierto, que incluye rápidamente a todos los integrantes nuevos, a la par que un movimiento triunfante capaz de arrancar victorias: como paralizar el desahucio de una compañera, alcanzar un nuevo marco legislativo o conseguir resonancia en los medios de comunicación. Procurar acogidas y cierres en positivo, en los que el cuerpo es un dispositivo de inclusión, posibilita una emocionalidad alegre que motiva a los asistentes.

En el contexto de la PAH es importante señalar también que estos elementos funcionan como un tranquilizador emocional frente al trato denigrante que las personas que acuden reciben por parte de las entidades financieras, lo que fortalece los vínculos que se generan en el movimiento (Ancelovici y Emperador, 2021). Este aspecto es central si retomamos el concepto de subjetividad capitalista señalado anteriormente. Si bien esta subjetividad genera la ilusión de autonomía, esta ha acabado degenerando en los contextos actuales de crisis económicas en una presión por la propia validación. Las dificultades para conseguir un trabajo, la precarización de las condiciones laborales y un contexto de consumo cada vez más hostil provocan una sensación de fracaso en aquellas personas incapaces de mantenerse económicamente. En resumen, las dificultades económicas son interpretadas como un fracaso individual en la competición que rige la sociedad capitalista (Reneses, 2023). Esta sensación de ser una persona fallida no encuentra salida en la relación con los otros, ya que precisamente esta subjetividad parte de un impulso a la diferenciación con el resto, a la fragmentación de los vínculos sociales. Con lo cual, la persona fallida se siente como única responsable y sola ante los problemas que atraviesa.

Recapitulando, las dinámicas asamblearias permiten una corporalidad relacional y una emocionalidad motivadora. Ambos aspectos fluctúan mediante la afectividad que se puede dar en el grupo. Como explica Dobles, los movimientos sociales se ven inmersos en estados emocionales que pueden llegar a movilizar o desmovilizar a las bases. De esta forma, la culpabilización, el miedo, la angustia o el estigma son emociones que marcan la llegada de personas afectadas por las crisis a las asambleas (Dobles et al., 2017). Las asambleas sirven para reconvertir tales miedos individuales en esperanza colectiva. Lo que genera fuertes lazos de vinculación entre los miembros.