4.4. Institucionalización: ¿éxito o fracaso?
La valoración del éxito o fracaso de un movimiento social dependerá del posicionamiento ideológico y de los objetivos que dicho movimiento haya priorizado. Habrá para quienes la institucionalización junto con la posible desaparición del movimiento social sea considerada un éxito, ya que esto implicará que las demandas han sido apropiadas por el sistema legal institucional. Sería el caso de lo que se conoce como estatalización:
«el proceso por el cual el ámbito estatal asume el control de una determinada problemática social implementando políticas públicas, creando organismos específicos y estableciendo cauces institucionales para gestionar el conflicto».
Es decir, sería esa fase en que no solo las demandas sociales se han incorporado en la agenda política, sino que la administración pública se transforma para hacer suyas unas reivindicaciones iniciadas por un movimiento social. Un claro ejemplo sería la creación de Consejerías y Ministerios de Medio Ambiente, tratando de dar respuesta a las demandas del movimiento ecologista, o los de Igualdad, producto de las reivindicaciones del movimiento feminista. Este proceso se interpreta como un espacio de oportunidad (Buechler, 2016) que considera que la relación y negociación con las instituciones políticas las demandas pueden ser traducidas en cambios y el conflicto, en «política», asegurando que las cuestiones que prioriza el movimiento no se desvanezcan.
Pero, muy a menudo, la relación con el ámbito institucional es, cuando menos, de sospecha. Muchos movimientos sociales han mostrado tradicionalmente desconfianza hacia los partidos políticos (Ibarra y Bergantiños, 2008), porque entre otras cosas, en la absorción de sus demandas por parte de los gobiernos, no siempre se reconoce ni se da legitimidad a la procedencia de estas demandas e invisibiliza la movilización que precede a su estatalización. Es por esto que, sin renunciar a la transformación institucional, algunos movimientos han apostado por la creación de nuevos espacios políticos en los que los movimientos sociales puedan actuar sin perder la capacidad de autonomía: sin institucionalizarse ni convertirse en partidos políticos o grupos de interés. Pero en otros casos se ha apostado por crear partidos de la nueva política que se caracterizan por su horizontalidad y bidireccionalidad en la toma de decisiones, y son «altamente receptivos a las demandas de los movimientos sociales» (Casquete, 1998, p. 212). Estos partidos, algunos de nueva creación y otros ya existentes, tratan de hacer visibles las demandas de los movimientos sociales y destacan por defender la igualdad de derechos sociales, por tener una estructura organizativa poco formalizada y burocratizada, disponer de una democracia directa y de autonomía y contar con participantes jóvenes, de clase media, con un cierto nivel cultural y preocupados por los valores posmaterialistas.
La consideración de una nueva política trata de borrar la imagen autoritaria con la que tradicionalmente se habría asociado el marco institucional. Sin embargo, muchos movimientos sociales siguen siendo reacios a participar de estas estrategias de institucionalización, por ejemplo:
- La pérdida del carácter revolucionario o la moderación de la militancia. Esto suele conllevar un descenso en el número de manifestaciones o de reuniones con representantes políticos. No obstante, no siempre podemos analizar la supuesta moderación de las acciones sin tener en cuenta el contexto político: las manifestaciones pueden ser más o menos conservadoras o radicales y las reuniones más o menos distendidas o confrontativas (Coll-Planas y Cruells, 2017).
Un ejemplo de que no todas las manifestaciones son igual de conservadoras o radicales queda patente con la celebración del 28 de junio en la ciudad de Barcelona. Este día se celebró por primera vez en 1977 con una manifestación de carácter político y reivindicativo que, poco a poco, ha sido absorbida por el «Pride», un acto lúdico-festivo de carácter comercial que atrae al turismo, lo que puede indicar el efecto desmovilizador de la institucionalización de los derechos LGTBI (Sadurní y Pujol, 2015).
- El desgaste y desmovilización de la militancia. El exceso de actividad política, de búsqueda de alianzas y negociaciones con partidos políticos y sindicatos, genera un abandono de la militancia más social y una pérdida de activistas por procesos de cooptación.
- La desaparición del movimiento social. Esto es mucho más probable en los movimientos específicos, que pierden su razón de ser una vez se han conseguido los objetivos planteados. Por ejemplo, el movimiento sufragista desapareció una vez consiguieron que se reconociese el derecho de voto a las mujeres. En cambio, los movimientos más generalistas son capaces de arrancar nuevas campañas y reivindicaciones cuando consiguen los objetivos de la campaña anterior, de manera que renuevan y reorientan la movilización.
Este podría ser el caso del movimiento LGBTI, que lleva más de cuarenta años luchando por los derechos y las libertades del colectivo (Rodríguez y Pujol, 2008) y que, hoy en día, ha conseguido cierto reconocimiento legal y social. En este movimiento, aunque se han producido momentos de desmovilización, este se ha ido reorientando hacia la búsqueda de nuevos objetivos.
Pero la desaparición de un movimiento puede ser también producto de un fracaso a nivel interno, cuando se producen errores en el ámbito organizativo o estratégico. Podría ser el caso de procesos de encapsulación: el aislamiento o separación de algunas organizaciones del movimiento por falta de simpatía con el sector dominante de la movilización. Esto, a su vez, puede acabar generando procesos confrontación interna por la lucha de la hegemonía ideológica entre las diferentes posturas, lo que debilitaría la eficacia del movimiento.
En este caso, la desaparición de colectivos, como por ejemplo la coordinadora gay-lesbiana, en relación al movimiento LGBTI, por falta de financiamiento público, muestra su falta de capacidad estratégica para reorientar la movilización en búsqueda de nuevos medios de financiación.
- Finalmente, la fusión es otra de las vías de desgaste y posible desaparición de un movimiento. Se produce cuando los objetivos y la ideología de un movimiento es acogido por una corriente dominante, de manera que la movilización se vuelve prescindible.
En cuanto al movimiento LGBTI, han convivido diversas líneas ideológicas, contrapuestas entre sí, y la dominante es aquella que vela por la identificación, la igualdad de derechos y la integración del colectivo LGBTI+ en el modelo hegemónico.