3. Los movimientos sociales: ¿qué son?, ¿por qué estudiarlos?, ¿cómo estudiarlos?

3.4. Elementos adicionales para la investigación en movimientos sociales

3.4.3. La atención a lo imperceptible y a lo micropolítico

Una crítica que han recibido las teorías simbólicas sobre movimientos sociales es que presuponen que los movimientos funcionan con un exceso de congruencia. Considerar que la conducta de las y los activistas está en perfecta alineación con los discursos que se manejan supone ignorar la pluralidad que se puede encontrar dentro de un mismo movimiento; por lo que se trataría al movimiento como una unidad pura, en la que los individuos pierden su agencialidad, y su comportamiento quedaría determinado plenamente por la labor colectiva.

Este es un aspecto reseñado especialmente por el antropológo John Gledhill, que defiende los análisis que expliquen las interacciones que se generan entre las y los activistas a la hora de producir discursos, abarcando también las contradicciones y los conflictos que tienen lugar en su seno, y cómo estos mismos aspectos evolucionan en interacción con su contexto inmediato, que también es dinámico.

«Las ‘culturas de resistencia’ resultan ser históricamente duraderas, pese a experimentar el flujo y el reflujo de las movilizaciones, aplastantes derrotas y períodos de calma transitoria. Pero lo que no debemos hacer es transformar los movimientos sociales en ‘actores’ unitarios desprovistos de contradicciones internas y de tendencias contradictorias, y aislarlos de los ámbitos sociales, culturales y políticos, de mayor envergadura, en cuyo seno experimentan los mencionados flujos y reflujos».

Gledhill (2000, p. 308)

Por tanto, al analizar los movimientos sociales es importante no atender únicamente a sus señales más ruidosas y ensordecedoras, esto es, a lo que manifiestamente es un movimiento social. Por ejemplo, a las grandes movilizaciones planetarias contra la guerra, a lo que sucedió durante las tres semanas de Mayo del 68 en París o a las manifestaciones más contemporáneas a favor del derecho a la vivienda en España. Es necesario superar ese encorsetamiento. Solo atendiendo a esas señales no se obtiene la riqueza, la diferencia que de esas protestas emanan. Esta fijación únicamente en las señales ruidosas lleva a simplificaciones enormes: o bien son una manifestación más sin ninguna novedad, o bien es una manifestación incomprensible –apolítica e incluso antipolítica–. En cambio, los análisis de los espacios interaccionales tienen potencial metodológico a la hora de dar cuenta de cómo los activistas van pactando, negociando y debatiendo los marcos de acción colectiva. Este enfoque nos permite atender también las señales más silenciosas e imperceptibles, lo subterráneo, lo que acontece fuera de los focos, y quizás así, ser más conscientes de la diversidad que habita en estos espacios y movimientos, como también señalábamos en el apartado «1.3.6. Algunos riesgos que tener presentes en la facilitación».

Tres escuelas de la última parte del siglo XX han sabido captar especialmente esa importancia de poner el foco en los procesos micropolíticos. Son las siguientes:

  • Los feminismos mediante su lema «lo personal es político» y su atención a lo micropolítico y en el hecho de partir de sí mismo.
  • Los subaltern studies, con su declinación posterior a lo que se ha conocido como literatura poscolonial y que supone una crítica sin paliativos a los que Ranahit Guha y otros han llamado «estatismo»; esto es, las voces altas y fuertes de la historia frente a una sustitución por las voces bajas, que quedan sumergidas por el ruido de los mandatos estatistas o nacionalistas.
  • El operaísmo y el posoperaísmo italiano, con su noción de composición de clase, mediante la cual significan la existencia de un conflicto subterráneo y silencioso protagonizado cotidianamente por hombres y mujeres contra la organización capitalista.

Todo ello enriquece la mirada sobre los movimientos sociales. Esas señales imperceptibles, silenciosas, subterráneas –como la del operador informático que quiere software libre, como la del migrante que ejerce su derecho a la movilidad cruzando fronteras, incluso las más militarizadas, la de la mujer que quiere tiempo para cuidar a su hijo o como la de la estudiante que quiere formarse y moverse– son extraordinariamente informativas. Muestran un rechazo a la explotación inventando prácticas que se escapan a la lógica del capital, que resisten a su recuperación y que en definitiva abren nuevos espacios de libertad. Demasiado a menudo, esas señales silenciosas son catalogadas como no políticas, como individuales, cuando por el contrario devienen el carburante de los movimientos sociales.