2.5. La resistencia y la alternativa desde lo colectivo
2.5.3. La emergencia climática como resistencia colectiva
La emergencia climática se define como un proceso de movilización en el que muchos estados, instituciones, países y ayuntamientos se encuentran, en la actualidad, como respuesta a las evidencias científicas que alertan de los cambios que el planeta está enfrentando por la acción humana. Uno de estos principales cambios es el referido al aumento de la temperatura global, con los desafíos que conlleva para todo el planeta: sequía, desertificación, cambios en las cosechas y, por tanto, en los modelos productivos globales, desaparición de especies y ecosistemas, aumento del nivel del mar, etc.
Como podemos intuir, el estado de movilización de la emergencia climática es un fenómeno que nos interpela a todas las personas: desde los cargos políticos hasta las personas científicas, pasando por todo tipo de tomadores de decisiones, y, por supuesto, a la ciudadanía global. Como parte de las acciones y movilizaciones propuestas a diferentes escalas, durante los últimos años han surgido multitud de colectivos vinculados con la emergencia climática con el objetivo de visibilizar este asunto, concienciar al resto de la ciudadanía y llevar a cabo diferentes propuestas para mitigar los efectos del cambio climático.
Tal vez uno de los casos más conocidos sea el de la activista sueca Greta Thunberg como líder de un movimiento internacional de personas que luchan contra las consecuencias del cambio climático. A raíz de las protestas diarias realizadas a las puertas del parlamento de Suecia hasta que se decidieran las elecciones del país escandinavo en aquel momento, miles de personas en todo el mundo comenzaron a coordinarse para manifestarse pidiendo más medios y mayor conciencia con el cambio climático, presionar a los gobiernos para acelerar las medidas para mitigar el efecto invernadero o crear asociaciones de alcance local, regional e internacional para luchar contra la emergencia climática.
Algunos estudios han determinado que estas acciones sociales han tenido efectivamente un papel en la transformación social. Por ejemplo, a partir de estos procesos colectivos, en países como Suecia ha aumentado el número de personas que usan el transporte público para moverse diariamente en un 8 % (Henley, 2019). Además, se ha puesto sobre la mesa una mayor necesidad de que se desplieguen las acciones necesarias para cumplir con los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, tales como el objetivo 7. Energía asequible y no contaminante, el 11. Ciudades y comunidades sostenibles, el 12. Producción y consumo sostenibles, o el 13. Acción por el clima (Naciones Unidas, 2020).
Pero este no es el único caso que ilustra el papel de la emergencia climática como articulador de la resistencia en los procesos colectivos. El estudio de Evangelos Ntontis et al. (2019) describe cómo los desastres que son consecuencia del cambio climático (por ejemplo, las inundaciones) constituyen un gran estresor que producen efectos sociales, económicos, y psicológicos y emocionales en las personas que viven en lugares con riesgo de ser anegados. Debido a esto, en el plano local han surgido multitud de comunidades que trabajan de manera solidaria y cooperativa por reponerse a estas catástrofes, ofrecer apoyo altruista a las personas supervivientes u ofrecer alternativas para que estos fenómenos no vuelvan a ocurrir, o al menos prevenirlos.
Pero ¿por qué en los momentos más difíciles en la vida de un grupo de personas, es cuando emergen más iniciativas de acción social, de solidaridad y de apoyo mutuo? Investigaciones como la de Ntontis (2020), basándose en las teorías de la identidad social que vimos al inicio, explican que en el momento en que en un territorio ocurre una catástrofe, como un incendio o una inundación, emerge una identidad social compartida entre todas las personas afectadas. Esto facilita un sentimiento de unidad y de espíritu compartido entre ellas, lo que sirve como gatillador de un proceso colectivo. A esto se le suma la aprehensión de un destino común que aparece súbitamente tras el desastre: morir o sobrevivir. Esto da pie a la emergencia de ciertos objetivos colectivos que se consideran prioritarios sobre las metas o los intereses individuales: solidaridad, altruismo, cooperación.
Rebecca Solnit (2020) también ha estudiado este fenómeno en situaciones como la gran catástrofe del huracán Katrina o la pandemia de la COVID-19. Pese a las diferencias evidentes en las diferentes catástrofes que la humanidad ha tenido que enfrentar, Solnit destaca la paradójica alegría, el desenfado y la creatividad que emerge en estas situaciones. En sus análisis, la autora atribuye este fenómeno al reescalamiento de las prioridades y los valores de las personas: el bien común, el apoyo social, las metas compartidas, la responsabilidad solidaria y la autogestión devienen prioridad para las personas que padecen estas situaciones. En cambio, el beneficio individual, la competitividad o la autoridad institucional y formalizada (tan presentes en la cotidianidad previa a los desastres) pasan a un segundo plano.
En síntesis, podemos concluir afirmando que los procesos colectivos y la acción social son dos fenómenos sociales centrales a la hora de explicar y analizar el comportamiento humano. Para ello, las estrategias teóricas y metodológicas nos brindan herramientas desde las que acercarnos a lo colectivo para hacer propuestas de transformación social o para entender en su complejidad los motivos que han llevado a un cambio en los modos de pensar y de hacer de un grupo de personas, de una organización o de una sociedad en conjunto.